16/1/08

Jesús Granada


Tengo que escribir acerca de un fotógrafo de arquitectura. Y tras un paseo por la web he elegido e Jesús Granada. Me gusta porque no sólo hace fotografía de arquitectura, sino que a su vez tiene colgadas en el blog fotos interesantes y curiosas, de la vida misma. Si alguien quiere verlas se encontrará con un blog variado, desde cerdos hasta pantys.

En realidad suelo preferir las fotos artísticas, originales, como las de Chema Mádoz. Cada vez que las miro sonrío y pienso “¡que curioso, a mí no se me hubiera ocurrido nunca…!”. Sin embargo éste autor nos hace ver una ilusión, algo irreal, que no existe y que nunca llegaremos a ver. Por éste razón no voy ha realizar mi trabajo de autor sobre Mádoz; porque lo real supera en interés a lo que no lo es.

Volviendo a mi autor seleccionado, es necesario dar una breve información acerca de su biografía.

Jesús Granada nació en Jaén y estudió en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla. Pero se dedica profesionalmente a la fotografía de arquitectura y paisaje. Trabaja por encargo para arquitectos que confían plenamente en él.

Sus reportajes son publicados mensualmente en revistas y libros. También trabaja para diversas administraciones públicas. Y ha tenido la oportunidad de exponer sus trabajos junto con grandes fotógrafos.

Centrándonos en sus trabajos he de decir que da gran importancia a la luz. La iluminación tanto en los interiores como exteriores de los edificios es de gran importancia a la hora de habitarlos o visitarlos. Es por eso que en una buena fotografía ha de expresar lo que uno siente en ese espacio.

Y no sólo eso, sino que al igual que los espacios tiene su importancia debido a sus entradas de luz y creación de sombras, una fotografía gana o pierde valor con sombras. Son un elemento más en la composición de la foto. E incluso puede ser el elemento principal.

Por otro lado, una de las seis reglas de la composición son las líneas, y estas se reflejan perfectamente con las sombras, que guían la mirada del espectador hasta el elemento fotografiado.

No hay que olvidar, que Jesús Granada inserta en sus fotos de arquitectura objetos o animales del entorno en el que está situado el edificio. Es alarmante ver una obra arquitectónica junto con una manada de vacas. O unos interiores en los cuales coloca muñecos o peluches a escala superior. Resulta desconcertante.

Creo también que realiza un buen equilibrio entre los objetos enfocados. Todo está compensado y en su sitio. Los elementos añadidos están muy bien pensados y sin ningún tipo de desequilibrio.

Es necesario comentar que Granada hay tenido muchas publicaciones tanto en España como en diversos países de la Unión Europea; e incluso en Japón, donde le publicaron un reportaje en la revista A+U de Tokio. También en Seúl (Corea) en la revista C3. Todas sus publicaciones dan un total que rondan las 145 publicaciones.

Pero además de fotógrafo y editor de profesión trabaja en la agencia de distribución internacional Fab-pics de Colonia (Alemania). Y es el cofundador de la Editorial Irreversible que se dedica a la edición de libros de arquitectura.

Para dar por finalizada la práctica de autor, he de decir que no sólo me gustan las fotos de arquitectura de Granada, sino que también me gustan aquellas que como ya he dicho reflejan la actualidad de un modo que sólo un buen profesional puede mostrar. Dando la oportunidad a lo demás de observar aquello que sólo ellos son capaces de ver.

15/1/08

¿Piensan los jóvenes?

La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo। Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitación a pensar, aunque no siempre lo consiga। En este sentido, adopté hace algunos años como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que "no querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios"


Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que nos dedicamos a la enseñanza, al menos en los niveles superiores। Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas। "Quien piensa se raya" -dicen en su jerga-, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los demás। Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y están ahora escarmentados। No merece la pena pensar -vienen a decir- si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los demás। Más vale vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está.


En consonancia con esta actitud, el estilo de vida juvenil es notoriamente superficial y efímero; es enemigo de todo compromiso। Los jóvenes no quieren pensar porque el pensamiento -por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan nuestra cultura- exige siempre una respuesta personal, un compromiso que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir। No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la revolución sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta años। "Ni quiero una chaqueta para toda la vida -escribía una valiosa estudiante de Comunicación en su blog- ni quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la vida। Ahora mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto sólo me pasa a mí, el problema es mío. Pero si este es un sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la sociedad que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos compromiso con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en calada, decimos "te quiero" demasiado rápido: la primera discusión y enseguida la relación ha terminado. Nos da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de tener que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer para toda la vida".


El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso। No puede menos que venir a la memoria el lúcido análisis de Hannah Arendt sobre el mal। En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escribía que "el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos"। Esto sucede -explicaba Arendt- cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos। Superficialidad y superfluidad -añado yo- vienen a ser en última instancia lo mismo: quienes desean vivir sólo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que está de más y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhuma।

De hecho, puede decirse sin cargar para nada las tintas que la mayoría de los universitarios de hoy en día se consideran realmente superfluos tanto en el ámbito intelectual como en un nivel más personal। No piensan que su papel trascienda mucho más allá de lograr unos grados académicos para perpetuar quizás el estatus social de sus progenitores। No les interesa la política, ni leen los periódicos salvo las crónicas deportivas, los anuncios de espectáculos y algunos cotilleos। Pensar es peligroso, dicen, y se conforman con divertirse। Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo afectivo con las relaciones líquidas de las que con tanto éxito ha escrito Zygmunt Bauman

Resulta muy peligroso -para cada uno y para la sociedad en general- que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar। El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante। No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos। Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga

Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal। Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos -como aspiraba Wittgenstein- a tener pensamientos propios। Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar.